Retirada Murguera

•02/10/2011 • 1 comentario

 

Tabaré Cardozo

 

Mientras llora un corazón la despedida
una lágrima confunde piel con brillantina
ahora es cuando alza la voz,
y esta murga dice adiós
con este último canto de murguero amante
que se funde en las alas de un pájaro errante
seguirá su vuelo hasta morir
esperando algún febrero revivir
y al brillar sus alas anunciar
otro nuevo carnaval

Música antigua y nocturna
perfumando cada esquina
y este llanto de alegría
que va sanando las heridas
de este corazón olvidado
que a veces sueña a mi lado

Volverá, la murga volverá
recorriendo los caminos de la vida y del azar
nuevos poemas nacerán de este pequeño corazón
que no se cansa de soñar y de tener una ilusión
y cantará, de nuevo cantará
para esconder toda tristeza que acovache la inocencia
para abrir nuevos caminos y encontrar la libertad
y aunque sea por un rato, cambiar esta realidad

Se diluyen nuestras voces
se termina la actuación
se van muriendo las luces
ya se acaba la función
esta murga ya se va
pero nunca te abandona

Volverá y va a volver
esta murga a renacer
en el alma del murguero
que sin carnaval y sin febrero
no es más que un lamento eterno
en la piel de cada amanecer.

 

 

Martini.

•24/09/2011 • 1 comentario
-Es demasiado subjetivo lo tuyo, también existe la palabra “medianamente” –repliqué.

-“Medianamente” no significa nada en sí misma, sólo puede ser usada con otras palabras. Lo demás, todo, todo está basado en principios duales: lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, el conocimiento y la ignorancia, la vida y la muerte. Son principios filosóficos.

-La filosofía ya no se encarga de todo eso, Eugenio. La filosofía ya no se encarga de nada, lo dijo Paul Nizan.

-¿Ves? O se encarga de todo, o no se encarga de nada. Se hace o no se hace, no se intenta. Los puntos medios no son humanos, los extremos lo son. Los vicios, los excesos…

-Sólo te estás justificando Eugenio, servime mi Martini, dale.

-Esperá, dejame terminar. Los aciertos son tan humanos como los errores, y no hay nada en medio. La moderación, lo módico… no existen tales cosas, la pasión no puede ser calmada con filosofía barata. El color no existe, es un efecto que depende de la luz o la oscuridad.

-La luz, creo. Tengo sed, Eugenio…

-Ya termino, escuchame un poco más. ¿Es que no lo ves? Se ama o se odia, ¿Cómo puede ser que me quiera pero no lo suficiente? ¿Suficiente para qué?

-La vida no es tan fácil, preparame el Martini, ¿Si?

-Si… ¿Vos creés que me odia? –me preguntó mientras me daba la copa.

-No pongas en aprietos a esa pobre cristiana, hombre. Quizá sólo no le interesás, o se cansó, o se aburrió. Va a volver o no lo va a hacer. Más bien te conviene olvidarla y atender al resto de la gente en la barra Eugenio.

Chistó con decepción y me preguntó:

-¿Está rico el Martini?

-Más o menos –respondí.

Entregarse

•21/09/2011 • Dejar un comentario

Iba caminando a mi casa cuando lo encontré.
Estaba sentado en el piso, con la espalda apoyada contra la pared y una guitarra en el regazo. Aligeré el paso, que ya era ligero de por sí y lo miraba mientras pasaba frente a él. Sus ojos verdes parecían ajenos a ese rostro taciturno, descolocados, su ropa estaba vieja y ajada, y su cuello caía hacia atrás en el borde de la ventana, resignado.

Entonces frené, me volví hacia él y le ofrecí un cigarrillo.

-Me echaron –dijo-. Ayer también lo hicieron. Y el día anterior. Y el anterior a ése… dicen que soy yeta.

Supe quién era cuando dijo eso. Los poetas borrachos contaban su historia cada noche.

-Sus versos –decían- son como un tierno beso al despertar, y con su guitarra puede describir los colores de las mariposas, el sabor de la dulce miel o el aroma de un jazmín recién cortado. Es un regalo que el arte le ha hecho al mundo. Pero el azar impuso una maldición sobre él: nadie puede darse el gusto de escuchar una función suya, cada vez que hace sonar su guitarra, o alza su voz para cantar, algo pasa. Suceden tragedias, el relator grita un gol de victoria, cosas así. Es demasiado excelso para nuestros vulgares oídos –decían una y otra vez entre trago y trago.

Miré al cielo, el humo del cigarrillo se hundía en la intensa e interminable negrura de aquella noche invernal.
-Hace frío –comenté.

-No tengo casa –me contestó haciendo una mueca con la boca.

-Yo sí –dije al momento que le extendía la mano para ayudarlo a levantarse.

Encontré una botella abierta de whiskey en el fondo de la alacena y serví dos vasos.

-Esta casa es demasiado vieja para reconocer a alguien –le dije-. Quiero escuchar una canción tuya, aunque no sea más que una.

Él me miró sorprendido por unos segundos. Abrió el estuche de la guitarra, la sacó, se sentó en el sillón y yo me recosté a su lado, vaso en mano. Agucé mis oídos, cerré los ojos y respiré hondo. Estaba todo listo.

Pero esa noche tampoco pudo dar su función, porque no se puede tocar la guitarra mientras se acaricia una mejilla, y no se puede cantar mientras se besa una boca sedienta. <<Los borrachos nunca mienten>>, me dije, y le pregunté:

-¿Cómo es posible que sepan cuán excelente es un músico si nunca se han deleitado con su arte?

-Los hombres de mundo –respondió-. Alguna vez me escucharon aquellos hombres de ciudad, que no saben entregarse. Aquellos hombres mundanos que sólo saben prohibirse lo que ellos mal han aprendido que es incorrecto, inmoral, “antinatural”. Sorpresa y maravilla cuando ven a alguien que puede darse por completo a las artes y a la vida. Completa devoción por quien sabe entregarse.

Y mientras desabrochaba botones y respiraba agitada pensaba que qué bueno poder entregarse al amor.

“Cuando el poder del amor sea más grande que el amor al poder el mundo conocerá la paz” Jimi Hendrix.

Sigo esperando…

•18/09/2011 • 2 comentarios

…encontrarme con ESA persona de buen oído, que sepa lo que es la pasión para que me diga: “yo también creo que Jack White es el mejor guitarrista del siglo XXI”

Y que esa persona no sea mi hermano…

Circular

•18/09/2011 • 2 comentarios

Estaba acostada en silencio, ella me miraba de reojo al otro lado de la habitación, yo lo sabía, pero no me podía acercar. No tenía nada que decir. Simplemente no había nada que decir. Ella, inmóvil, impaciente, me dirigía insistentemente su mirada inquisidora. Era inquietante.

Me levanté con movimientos torpes producto del nerviosismo, encendí un cigarrillo y salí. Necesitaba aire fresco.

Caminé un par de cuadras y me metí a un bar inundado de humo. Me senté en la barra y pedí un whiskey. No estaba completamente sobria cuando lo pedí y me dije que en verdad necesitaba aire fresco.

En el fondo del bar había un hombre tocando un blues tan improvisado como el escenario. Su piel excesivamente blanca contrastaba con su pelo negro, tenía la mirada austera y un sombrero negro que intentaba disimular las horas de sueño que reclamaban sus oscuras ojeras.

Tocaba una guitarra eléctrica que de lejos parecía un juguete. Bueno, pues sabía muy bien las reglas del juego. Sus melodías oscilaban entre violentos zarpazos de ira y silencios resignados, pero siempre retornaban a una melancolía que parecía irremediable. De alguna manera la guitarra sonaba igual a él. No podría decir con certeza si ese estilo grunge era artísticamente intencional o era una mera consecuencia de la pobre calidad del amplificador. Lo cierto es que difícilmente se podría comparar con algo conocido. Quién sabe cuantos desencuentros rayaban aquellos blues, de cuántas poesías perdidas se estaría lamentando…

Cuando terminó guardó su guitarra en una funda gastada y se sentó a mi lado. Pidió dos cervezas.

-¿Cómo es que una dama como vos termina en un bar como éste? –preguntó.

-¿Cómo es que un músico como vos termina en un bar como éste?

-Bueno, en teoría debería estar buscando un trabajo que me permitiese pagar un techo.

-Yo en teoría salí a respirar aire fresco.

El rió y bebió un trago de cerveza.

-Supongo –dijo con la mirada perdida- que nadie puede negar su naturaleza. Siempre creí que la vida es como el mundo mismo: circular. Siempre terminamos en el mismo lugar, de la misma forma.

Lo miré en silencio, sonreí y entendí que había encontrado una historia mínima. Un efímero encuentro siempre me resultó más seductor que una historia de vida.

-Entonces confío en volver a encontrarte –dije, me levanté y corrí a mi casa.

Me senté frente a ella y comencé a escribir:

“Estaba acostada en silencio, ella me miraba de reojo al otro lado de la habitación…”

Oxímoron.

•04/09/2011 • 2 comentarios

De nuevo fingí no conocerlo. Y de nuevo lo describí como si lo descubriera.

Su mirada, que comenzaba más atrás que sus pupilas, y penetraba mi pecho sin tocarlo como una herida mortal. Una daga cubierta de fuego helado rompía las costillas y atravesaba el músculo marchito, lo florecía de nuevo y lo ponía en marcha. Esta vez más vivo, más rojo. Se desangraba en cada latido y volvía a bombear, más fuerte, cada vez más grande.

Su caminar. Rompiendo las baldosas, haciendo temblar el endeble piso. A cada paso dolían más los talones, las piernas se debilitaban y las rodillas se quebraban indefensas, inútiles.

Yo caía un poco cada vez.

Y cuando mi cuerpo estuvo por tocar el piso, sentí su brazo en mi espalda, su mano en mi cintura y mi mano derecha extendida, a la altura del hombro. Mis pies, sangrantes, seguían los suyos al ritmo del dos por cuatro.
Sentí su respiración en mi cuello, en su espalda caía aquel negro mar que tanto tiempo había albergado mi alma. Me movía frenética, inconsciente. Mi torso se quebraba como el juncal y él de un violento zarpazo lo volvía a pegar al suyo.

Entonces lo volví a sentir. Y lo volví a describir como si recién lo descubriera.

La piel se abría por completo en ese ardor que parecía inacabable. Inhumano. Volcánico. Y al tiempo esa piel se secaba sin piedad, sin perdón, por lo que todavía no había perdido. Las bocas se derretían, se fundían y se unían, sin escuchar al pecho que gritaba mudo. Gritaba por aire mientras provocaba un huracán.

Yo le gritaba desesperada que me deje. O quizá le susurraba dulcemente que jamás me abandone.

No quería caer en amargo sueño. Me resistí todo lo que pude, pero su mano acariciaba mi pelo, lo recorría y trazaba mapas en él, convirtiendo las pestañas en plomo, convirtiendo mi carne en pluma.

Cuando desperté busqué el dibujo. Era una gran lágrima conmigo, de espaldas, dentro. El primero que hacía en color. Colores opacos, tristes y melancólicos, más sombríos incluso que los mismísimos grises de la nube que anuncia tormenta.

Abajo firmaba:

Volví y me fui.
Y volveré para irme.

Recordé lo que siempre decía:

-Los hombres ilusos seguimos queriendo creer que el amor es eterno, que fluye como los ríos. Pero ahoga aún sin quererlo, caudaloso y asesino.

Entonces, las lágrimas no cayeron. Me metí a cualquier bar, pedí algo fuerte, prendí un armado y fingí que lo había olvidado.

Volví a ensuciar mi cuerpo con pasión vendida, que me hacía sentir quizá menos infeliz, quizá más desdichada que nunca. Quizá muerta nuevamente.

Lo más puro.

•04/09/2011 • Dejar un comentario

Dejé la sombra de un beso en la almohada, guardé la plata en el bolsillo y salí. En el cielo flotaba el vestigio de algunos rayos de sol que los edificios de la ciudad estarían disfrutando –a ellos les encanta la luz del sol-, así que imaginé que serían alrededor de las cinco.
Somos privilegiados: nuestras noches son largas, largas y rojas. Somos pequeñas criaturas suburbanas, el sobrante acovachado de una ciudad “civilizada”, pero ¡cuán largas y llenas de vida son nuestras noches!
Necesitaba comer algo, y hacía demasiado frío para volver caminando al burdel. Vi un restaurante y no lo pensé dos veces. Eché un vistazo al entrar y, aunque el griterío que emanaba la pasión del truco era tentador, decidí sentarme en una mesa pequeña frente al escenario, que resultaba hermosamente sensual a los oídos de una eterna enamorada del tango como yo.
Ella estaba parada en el centro. La luz penumbrosa de una lámpara añeja bañaba su rostro, blanco como la primera luz y a la vez oscuro como un canto fúnebre. A su derecha un hombre con una guitarra desafinada en su punto justo y a su izquierda un violín se dejaba lastimar.
Pedí un plato caliente y una botella de vino, y mientras esperaba la oía cantar, susurrar, recitar. En su voz se plasmaba la amargura de un desamor, la dulzura de la melancolía de una dama solitaria, la furia de una pasión que se extinguió. Y la veía, la miraba atentamente. De sus ojos caían las sombras de un amor que se buscó y no se encontró, y cada verso hacía temblar sus labios sin remedio solitarios.

Era magnífica.

Tu mirada y tu sonrisa
Se quebraron con la brisa
Y tus besos, en un lento parpadear,
Se tornaron corrosivos como el mar…

Embelesada, casi ni había tocado el plato, al punto que se había enfriado. Cuando terminó de cantar me miró con sus ojos negros, esos ojos sin fondo, sin fin, y se sentó frente a mí. Tomó la copa de vino y bebió algo. Volvió la copa a su lugar con la mayor sutileza y me preguntó:
-¿Estás bien?
Hice un silencio que pareció eterno, miré el plato y levanté la mirada
Tus tangos son criaturas abandonadas*. Son lo más pulcro y genuino que alguien haya escuchado jamás, como diamantes en bruto. Son el suspiro más hondo, aquel que salió del mismísimo fondo de la tristeza.
Mis ojos brillaban, lo podía sentir, y su piel se volvió rosa, como si se hubiese desprendido la fina película que la opacaba.
-Es la pureza –dijo -. La pureza del arte que no se compra ni se vende. Que no responde a los gustos del consumismo de terceros, sino a las siempre impolutas pasiones. El que no se deja corromper es el arte más puro, ése que no está amarrado a nada.

Me quedé petrificada, quieta, inmóvil. O eso creía yo, que en realidad me movía, como flotando en el aire, hacia ella, como si fuera un imán gigante. Cuando me di cuenta, sus manos recorrían fervorosamente mi espalda, y las bocas goteaban la dulce sangre de corazones que bombeaban desesperados, heroicos, agotados.

Y es que el amor más puro es el amor sin restricciones.

*Homero Manzi en “Malena”.